“Esperando a Godot”: Humanidad esperanzadora

 In Críticas

Se alzo el telón el pasado fin de semana en el Teatro Guimerá para ofrecernos un clásico del siglo XX. “Esperando a Godot” de Samuel Beckett es la primera de las obras de una programación que elevará la calidad del teatro capitalino en los próximos meses pese a las restricciones sanitarias.

La obra es la historia de unos personajes errantes (Estragón y Vladimir) en busca de su destino con la esperanza de algo mejor. La falta de compromiso hace que transiten en una perpetua inquietud. Diálogos con poca trascendencia que dejan al espectador sumergirse en diversas interpretaciones, en la pura incongruencia. Es el teatro del absurdo y la obra de Beckett es su mayor exponente.

Pepe Viyuela y Alberto Jiménez interpretan la pareja protagonista que bebe del cine mudo (Keaton y Chaplin) y que a veces recuerda a “Faemino y Cansado” o “Tip y Coll”. Viyuela que maneja la gestualidad con enorme sencillez aflora con su lado “clown”, sin grandes histrionismos, transformándose en terriblemente humano. Al igual que Jiménez, sorprendente en un retrato impasible con grandes dosis de sensibilidad. Sin duda es un binomio perfecto que junto al resto del elenco hacen que la propuesta sea de obligado disfrute.

Pepe Viyuela y Alberto Jiménez, el binomio perfecto

En escena aparece otra pareja, cuya relación no tiene nada que ver con la de Estragón y Vladimir. Son Pozzo y Lucky, amo y criado, dictador y esclavo, que llevan con vehemencia Fernando Albizu (embaucador a la par que turbador) y Juan Díaz (mudo en toda la obra salvo en un monólogo para el recuerdo por su locuacidad maestra). Junto a ellos Jesús Lavi el mensajero que afronta con buen oficio el personaje.

La dirección de Antonio Simón ha sido acertada no sólo por el cuadro actoral, también por el ritmo a pesar de ser una obra de casi dos horas y donde la tragedia pasa muchas veces a un segundo plano. La escenografía de Paco Azorín es pura poesía, un cruce de vías que evoca las líneas del destino, quizás la esperanza de los personajes y luego en medio, un árbol que simboliza la vida misma, que tanto es cobijo como lugar que invita al suicidio.

Estamos ante una versión de “Esperando a Godot” que engrandece el oficio de actor, emociona a la vez que pone de relieve la esperanza en el ser humano a pesar de los tiempos que corren.

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