Ser un zombi o un luchador
Retomamos el timón del teatro canario y nos hemos ido al Auditorio Capitol de Tacoronte a ver “Mi vida como un zombi“, la última propuesta de la Compañía Doble M que se estrenó hace dos meses en el Teatro Guimerá. Con esta obra la compañía sigue fiel a un estilo propio que ya funcionó con “Un lío padre” e “Inspector Sullivan“, la comedia comercial con toques de “farsa”. Un género que puede gustar más o menos, con quizás demasiados detractores, pero que desde luego se hace necesaria su existencia como vía de escape, incluso como solución, por ejemplo, a la absorbente “caja tonta”. Pero el punto de “Mi vida como un zombi” es que si le añadimos crítica social, sin duda, tendremos un producto más apetecible, llegando en ocasiones a darle más sentido a nuestras risas.
La obra cuenta la historia de Tomás (Adrián Rosales) un empleado cansado de todo, de su rutinario trabajo, incluso del amor (lo acaba de dejar su novia) que decide adoptar la actitud “zombi” porque cree que le haría más feliz, sin preocupaciones, sin sentir, sin pensar. Junto a Tomás, su amigo y supervisor Javier (Zebensui Felipe), es su paño de lágrimas desde hace cinco años y que ya empieza a estresarse por el comportamiento de su compañero. Javier tiene que lidiar con los informes que le exige el jefe, Don Alonso (Vicente Ayala) que incluso alguien esta boicoteando no se sabe muy bien como. El cuarto personaje es el nuevo en la oficina que parece más bien un trepa algo “rarito”, Martín (Carlos Brito), que va a desquiciar a nuestros dos protagonistas, Tomás y Javier. Evidentemente la actitud de Tomás tendrá consecuencias, pero sirve de catalizador para mostrar la realidad laboral en la que estamos inmersos donde predomina el tratamiento impersonal, con la prácticamente inexistencia del ser humano como tal, donde somos un número que no decide, que no muestra sentimientos y que esta supeditado a unas normas (uniformes en el vestir) y un lenguaje, estereotipado y políticamente correcto, que roza la hipocresía.
Hay que destacar el buen trabajo actoral porque Doble M ya tiene un “tándem” que nació en “Un lío padre” y que ha crecido en “Mi vida como un zombi”. La complicidad entre Adrián y Zebensui traspasa el patio de butacas. Que decir de Adrián Rosales, sinónimo de comedia, logra darle un giro a cada personaje, aunque rozando la caricatura, sabe buscar ese punto medio entre el “clown” más histriónico (sobre todo en la segunda parte de la obra) y el actor más metodista lo que lo convierte en un referente de la comedia teatral en las islas. Zebensui Felipe (además de autor es el fundador de la compañía) es el complemento perfecto que suma en la gran interpretación de Rosales, y que desde luego ha sabido crear un personaje angustiado pero a la vez conciliador y lleno de valores. Por otro lado, Vicente Ayala y Carlos Brito, que tienen mayor protagonismo a medida que avanza la obra, también muestran el dominio de las tablas en escena. Ayala siempre es una satisfacción verlo en escena, haga lo que haga, y en este tipo de personajes no es lo habitual, y consigue que su personaje sea poco amable por no decir desagradable desde el comienzo con lo que su objetivo esta conseguido. Carlos Brito ha construido un personaje curioso, ausente en muchos casos, casi inofensivo, pero que ira descubriendo otra cara, menos grata que me ha convencido, quizás por la debilidad que siento hacia los personajes que tienen siempre algo que ocultar.
La escenografía destaca en su monotonía, mesas blancas al puro estilo “Ikea”, que realzan la situación aburrida y tediosa de la oficina, donde el color brilla por su ausencia y que Tomás pide a gritos. Todo ello acompañado del típico material de oficina (ordenadores, bolígrafos, folios, carpetas, cajoneras…). Algunos tránsitos están acompañados de versiones musicales de The Beatles, aunque he de decir, que si bien eran resolutivos cojeaba la calidad del sonido.
En definitiva, “Mi vida como un zombi” logra su objetivo, entretener, alejándonos por un rato de la rutina con una materia prima actoral magnífica que Nacho Almenar dirige con destreza y que se convierte en un homenaje a los que luchan por cambiar las cosas y que aspiran a tener un mundo mejor aunque sea solo un poquito.

