“Hamlet” vs. “Elejalde”

 In Críticas

Con los ecos mediáticos de la zarzuela “¡Como está Madriz!”, llegaba el pasado fin de semana al Teatro Cuyás, el último montaje teatral de Miguel del Arco. “Hamlet” de William Shakespeare, en coproducción con Kamikaze y la CNTC (Compañía Nacional de Teatro Clásico), que se prodiga poco en programar autores no españoles. Pero bueno, podía venir al caso por los 400 años que se celebran, junto a Cervantes, de su muerte, porque, como saben, han habido varios montajes en los últimos años de la obra, hecho que ha llevado a preguntarse a muchos, si era necesario “revisitarla”.

Pero vamos al meollo, la obra comienza con el propio “Hamlet” (Israel Elejalde) en escena, atormentado por la muerte de su padre. La iluminación (Juanjo Llorens cuida el detalle con luz cenital y contrapicada) juega un papel muy interesante en esta escena, que nos presenta un “Hamlet” espectral, marcando los rasgos físicos del actor. A partir de ahí, utilizando una especie de “flashback” nos trasladamos a la alcoba donde yace con Ofelia. La alcoba se convierte en el eje de la obra, lugar donde se urden la traición, el amor, la locura, el dolor, la ira, la venganza, el incesto, la corrupción moral; todo a través de los ojos de un “Hamlet” portentoso, que interpreta con gran resolución Elejalde (puede ser lo mejor que ha hecho con Del Arco y mira que fue enorme en “Misántropo“). La interpretación navega entre el abatimiento y la locura pero con tintes mordaces y hasta humorísticos (algo novedoso y que se contrapone al sentimiento, casi suicida, que aborda al personaje). Del Arco rompe con algunos clichés, como prescindir de la calavera en la famosa escena de “ser o no ser”, pero no se echa en falta, porque a estas (y esas) alturas el espectador ya está identificado con este “Hamlet“.

Como decía, el eje central, es esa alcoba, esa cama, donde se desarrolla toda la acción situada en medio de una habitación, de cuyo techo cuelgan unas cortinas con efecto vaporoso que los actores manipulan, y que dan un dinamismo inusitado a las casi tres horas de montaje. En las cortinas y en el fondo de la habitación, se suceden proyecciones oníricas, algunas subjetivas (sombras, fuegos artificiales, el mar…) que se convierten en elementos integradores de la acción. Grande Eduardo Moreno, por esta escenografía que me ha fascinado, de una aparente sencillez pero que en el fondo, guarda sorpresas, esa bajada del techo para convertirla en tumba y terreno cadavérico y putrefacto, en la parte final, no puede ser más acertada.

Además de Elejalde, creo que el resto del reparto, aunque parezca que la locura de “Hamlet” puede hacerles sombra, está a la altura. Angela Cremonte, en su ascensión a la enajenación, tras la muerte de su padre, esta radiante, y mira que echo de menos a Barbara Lennie, pero lo siento, creo que ya no la echo de menos [;)]. La escena que aparece (sin esperarlo) vestida con tul rojo, altavoz en mano (digno de cualquier plaza de barrio) donde nos canta un “reggaeton” (estilo que me chirría) con una letra tan descarnada y casi en estado “drogocatatónico” hizo que mi saco lagrimal se desbordara…y claro donde manda el saco lagrimal…; Cristóbal Suárez esta tremendo en el papel de Laertes, sobre todo en ese duelo final con “Hamlet” digno de cualquier película de Errol Flynn; muy valiente la interpretación de Daniel Freire como el tío que traiciona pero que también tiene que hacer rol de padre y de actor (escena del teatro dentro del teatro, ayudados por unas máscaras que se convierten en otra piel) y aquí recuerdo lo que dice “Hamlet”/”Elejalde”: “El mundo es un teatro y los hombres son actores en él”. José Luis Martínez realiza un sutil y equilibrado Polonio y vemos su grado de versatilidad haciendo de enterrador (aunque he de decir, que esta escena, es la menos que me gusto de la obra porque rompe demasiado con la linealidad del conjunto). Quizás, quienes sufren más el arrastre en escena de este “Hamlet”, son Jorge Kent (Horacio/Guildestern/Reinaldo/Enterrador) que brilla en las tablas como Horacio y Ana Wagener, en el papel de Gertrudis, que tiene su mejor momento cuando “Hamlet” la repudia.

En resumen, un “Hamlet” donde Israel Elejalde crece acompañado de una escenografía efectiva y efectista, con detalles innovadores más o menos brillantes, que pueden gustar más o menos, pero que denotan que Del Arco sigue arriesgando y aportando nuevas lecturas en el oficio teatral. Un excelente “cuasicierre” de temporada para el Teatro Cuyás que cumplía las 2000 representaciones desde su apertura, y que dure, méritos no le faltan.

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Comments
  • Arturo Padrón
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    Como siempre…agradecer el “detallazo” y deseando ver nuevas propuestas en ese “barco” que será el Pavón.

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