“Ricardo III” nos muestra un manual de uso y disfrute de los poderes políticos

 In Críticas

Esperada nueva ración de producción “kamikaziana” que nos ha llevado sin remedio a la capital del reino. Allí nos esperaba “Ricardo III” de W. Shakespeare en el Teatro Pavón, en una libre (y gracias) a la par que trepidante versión de Miguel del Arco y Antonio Rojano.

Del Arco lo vuelve a hacer y con este tercer “Shakespeare”, tras “Misántropo” y “Hamlet”, sube a los altares del arte escénico donde se ve que no tiene idea de bajarse (y no creo que se encuentre cómodo en ese lugar) aunque de mucho vértigo. De nuevo mano a mano con Israel Elejalde, personificando la mezquindad más absoluta con la que tanto se divierte el público y que me provoca serias dudas: ¿Porque hace tanta gracia este ser tan despreciable?.

La obra sobre las andanzas del Duque de Gloucester, obsesionado con el poder y con una falta manifiesta de cualquier tipo de escrúpulo para conseguirlo; despojándose, sin cautela, de varios cadáveres entre hermanos, esposa, sobrinos e incluso aliados es llevada a escena como una reflexión política totalmente actualizada sobre la maquinaria del poder. Es un manual de uso y disfrute por parte de Trumps, Bolsonaros y Johnsons que puede tener consecuencias muy peligrosas. Para aderezarlo, incluso, con múltiples guiños a la corrupción política, la monarquía, el caso Cifuentes, Villarejo o la exhumación de Franco. Todo ello en un tono de burla y farsa que muchas veces se torna helado, porque es un porrazo sobre el espectador, atónito y anestesiado ante una realidad que vivimos a diario manipulada continuamente por los medios de comunicación que convierten hechos gravísimos en un esperpento mediático. Es un retrato pavoroso donde sobrevuela esa idea de individualismo brutal, sin concesiones y en esta cesta caben la ambición, los egos, la codicia… junto al derrumbe de cualquier atisbo de cercanía al prójimo.

Clave en este montaje la interpretación de Israel Elejalde. El actor se mimetiza en un personaje mentiroso, egocéntrico, egoísta y sumamente desvergonzado con aires de Trump, “Joker” (con una risa más personal si cabe) y Hitler que atrapa, hipnotiza, provoca una atracción fatal cuantificada por sus gestos y posturas que desfiguran aún más al monstruo exhibido sin envoltorios (a falta de un bastón y la joroba que parece una mochila donde guardar sus males). Es sin duda un esfuerzo enorme que merece todo nuestro elogio. Arropado por unos actores que asumen dobles personajes y que ya tienen experiencia con del Arco como Cristobal Suárez, magnífico como protector de Ricardo y muy “Cruela” de Reina Margarita; Véronica Ronda a flor de piel en sus enfrentamientos con su marido Ricardo; Chema del Barco y Álvaro Báguena desdoblándose sin perder el personaje en una montaña rusa delirante; Alejandro Jato marcando su interpretación con firmeza con una intervención final reveladora y Manuela Velasco sorprendente en los momentos dramáticos con un desgarro fuera de lo común, una actriz que desde luego se deja la piel en las tablas del Pavón.

Los recursos utilizados por el equipo escénico son sobresalientes aunque parezcan elementales. Desde el uso del vídeo por parte de Pedro Chamizo que se integra en la escena con gran eficacia hasta las luces a cargo de David Picazo, con tonos rojos para aumentar el dramatismo o luces directas para enfatizar los rasgos faciales. Sin olvidar la escenografía de Amaya Cortaire, sin artificios que facilita la acción de los personajes, el vestuario rozando la “haute couture” de Ana Garay y la música de Arnau Vilá.

Algunos han tildado la obra de demasiado apegada a la realidad actual y creo que de eso se trata. Miguel del Arco nunca (“never”, para penetrar aún más en esa realidad) da puntada sin hilo. Sigue mostrando lecturas de la sociedad que pueden gustar más o menos, pero que pretenden crear conflicto, dudas, sobre todo reflexión en el espectador. Si hay que hincarle un guantazo (o cachete para los delicados) para que despierte de la congestión en la que esta sumida pues se urde sin más. El teatro vuelve a ser el espejo donde mirarnos aunque no nos agrade muchas veces y aquí ese espejo brilla ante uno de los grandes montajes de la temporada.

 

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