“La Ratonera”: El juego cómplice
Asistimos el pasado fin de semana a uno de los éxitos londinenses más importantes de todos los tiempos. “La Ratonera” que cumple 65 años de representaciones en Londres se subía a las tablas del Teatro Guimerá bajo la producción de Clapso (con permiso de Txalo producciones que tiene los derechos de la obra en España) con un lleno casi absoluto, que se repitió en la segunda función.
Podríamos decir que Clapso apostaba a un caballo ganador porque la productora más relevante del panorama canario (no olvidemos que varias de sus producciones han sido llevadas a la península) iba a representar una obra de enorme éxito y, en el caso de Tenerife, precedida por 8 funciones en el Teatro Cuyás, que arrastraron a más de 7000 espectadores ávidos de misterio. Pero no, quién les escribe, cree que si no es por el buen hacer del director Israel Reyes, y de un elenco coral muy ajustado donde el propio Reyes ha evitado que los personajes sean algo chirriantes, digamos, porque pueden tender al histrionismo y la caricatura, algo muy habitual en este tipo de montajes, el resultado hubiera sido muy diferente.
Pero vayamos por partes, el argumento ya lo conocemos todos y no es ningún misterio. Agatha Christie, la reina del misterio, nos presenta al matrimonio Ralston, Giles y Mollie, interpretados por Maikol Hernández (interpretación de un gusto inglés exquisito) y Lili Quintana (en las antípodas de cualquiera de sus trabajos anteriores) que han heredado la mansión Monkswell y que deciden convertir en casa de huéspedes. Por la casa pasaran seis personajes, donde cualquiera de ellos puede ser el asesino, y el espectador se convertirá en complice de un juego de misterio dividido en dos actos (fantástica la idea del concurso, durante el intermedio, donde el espectador que acertara quien es el asesino, tenía la oportunidad de conseguir una noche de hotel). El primero en llegar es Christopher Wren, el “rarito”, como decía alguno de los inquilinos y al que Victor Formoso le dio un punto ambiguo que desde luego beneficio mucho a su personaje. Después llegaron la Sra. Boyle (Mari Carmen Sánchez mostró las miradas más gélidas en un personaje que se apreciaba algo desagradable más que temperamental ) y el coronel Metcalf (Jose Luis de Madariaga que volvía a los escenarios con un autoritario personaje al que le dio un toque muy inglés) y más tarde, la Srta. Casewell (a la que Naira Gómez da un aire irascible cuyo personaje esconde mucho más de lo que aparenta), y el Sr. Paravicini (maravilloso Lamberto Guerra, con un acento italiano exquisito, que ofreció varios momentos divertidos y que el patio de butacas supo agradecer). Por último, el Sargento Trotter donde Mingo Ruano navegaba entre un personaje refinado y locuaz, ejerciendo un dominio del texto, en el que el público se irá enredando como si de una tela de araña se tratase.
Y a este conjunto coral, hay que añadir la escenografía de Ana Garay, donde destaca el ventanal, a través del cual vemos la nieve, que hace que la mansión Monkswell este incomunicada con el exterior y sólo la radio (en el centro de la escena), sea el instrumento de conexión con él; la iluminación, imprescindible su aportación para hacernos sentir que estamos en una atmósfera claustrofóbica y de misterio (interesantísima la proyección en blanco y negro para situarnos en la acción, con imágenes de Paddington). Y no me quiero olvidar del vestuario, de un gusto muy refinado, propio de un montaje de este calibre, gracias a Unai Tellería y Lucas Balboa (mi armario exige todo lo que lleva Christopher Wren). Todos estos elementos unidos a un trabajo importante de comunicación (prensa y redes sociales) han hecho que “La Ratonera” sea un juego complice de éxito, también en el público canario. ¿Que me pueden decir que es “teatro comercial”? Si, pero es que siempre daré gracias a que hay múltiples miradas y sobre todo espectadores cómplices que pueden disfrutar de “La Ratonera” o de un Tolstoi o un Chejov. Apostemos por la heterogeneidad, la pluralidad, la variedad…estamos en un mundo lleno de matices.

