La belleza de la vejez

 In Críticas

Lleno casi absoluto para la obra “La velocidad del otoño“, que se subía a las tablas del Teatro Guimerá el pasado fin de semana. El reclamo principal, dos grandes actores en escena: Lola Herrera y Juanjo Artero que con su oficio logran que el texto de Eric Coble sea un éxito.

La velocidad del otoño” es un bonito homenaje a la madurez, una búsqueda de la libertad y de la belleza que también es posible en la vejez. Alejandra (Lola Herrera) esta atrincherada en su casa, llena de cócteles “molotov”, después de que dos de sus hijos decidieran que lo mejor para ella es ingresarla en una residencia geriátrica, complicada tarea para un alma libre, algo rebelde, inteligente y apasionada. Sus hijos envían a un tercero, Cris (Juanjo Artero) que lleva mucho tiempo fuera y se ha desentendido de los problemas familiares. A partir de ahí, comienza un viaje donde madre e hijo se darán cuenta que tienen más puntos en común, que diferencias. La belleza y su significado están presentes en todo momento (el gusto por el arte), siendo conscientes de que el tiempo, como dice Alejandra, es el bien más preciado que tenemos y como tal hay que cuidarlo. A veces el texto intenta ahondar en cuestiones como la identidad propia, el enfrentamiento a esa mal llamada “tercera edad”, el rol de los hijos bajo esas circunstancias, pero no profundiza mucho en ello quedando poco margen para el análisis en el espectador más avezado. Sin embargo, esta claro que la mayoría nos sentimos identificados con los dos personajes de la obra y esa empatía nos hace acompañar con gusto, a madre e hijo en esas conversaciones que van de lo trágico a lo cómico, como si de una montaña rusa se tratara.

Y si algo brilla en la obra de manera significativa son los actores. Por una lado, esa dama de la escena que es Lola Herrera, que domina el espacio escénico con toda naturalidad y que ha hecho de Alejandra un personaje que le va como un guante. Con momentos fabricados de gran sensibilidad para el lucimiento de una actriz que brilla en el escenario, y que nos emociona a cada paso, sobre todo cuando nos descubre su miedo a perder la libertad o cuando recuerda las visitas al museo Sorolla con su hijo Cris. Y la réplica se la da Juanjo Artero, un actor que ha crecido de manera exponencial en sus últimos trabajos, que tiene una extraordinaria complicidad con Lola Herrera (ya habían trabajado en “Seis clases de baile en seis semanas”) construyendo momentos llenos de ternura entre madre e hijo, o también momentos trágicos, como cuando relata la muerte de una joven en la carretera y no hace nada por ayudarla, es desde luego un instante casi catártico.

El espacio escénico, que dirige Magüi Mira, lo preside un sofá rojo donde los dos personajes giran de manera constante, como refugio, en lo momentos más emotivos, detrás, los objetos que definen a Alejandra, marcos sin sus pinturas (bonita metáfora de como se siente), sus vestidos, sus bolsos…todos en un tono plateado envejecido. Y por otro lado un ventanal (por donde entra en escena Cris), ahí se ve imponente un árbol que se va a convertir en símbolo de libertad para Alejandra (y Cris).

En definitiva, “La velocidad del otoño” es un hermoso canto a la madurez, sobre todo por el buen hacer de dos actores que demuestran sabiduría y brillantez en escena.

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