“Un Poyo Rojo” y la tensión gestual

 In Críticas

Uno de los mayores alicientes dentro de la segunda edición del Festival CAE (Canarias Artes Escénicas) era el espectáculo de teatro físico “Un Poyo Rojo” que tuvo lugar el pasado viernes en el Teatro Guimerá. Clasificado casi como legendario, ha pasado por los festivales de teatro más importantes del mundo desde que se estrenara en el 2010.

Formado por los argentinos Luciano Rosso y Nicolas Poggi, tomaron sus apellidos para dar nombre al espectáculo que se desarrolla en un vestuario masculino. La presencia de los dos actores, las taquillas, un banco de madera y una radio es más que suficiente para el enfrentamiento físico entre dos hombres. Es una muestra de quien puede más, o sea ¿quien es más “machito”? pero lo curioso es que a medida que avanza esta propuesta gestual, sin diálogos, vemos que la lucha real es entre la razón y el sentimiento, entre el aparentar o el ser uno mismo. Evidentemente es una comedia fresca pero que usa el mundo del deporte para esconder y a la vez reconocer lo que sienten, un juego sobre la identidad de género, convirtiendo muchas escenas en momentos de tensión sexual no resuelta.

Lo que más sorprende es el uso del cuerpo que hacen Rosso y Poggi llevando al límite la expresividad y el gesto. Un trabajo físico que comienza incluso antes del inicio del espectáculo. Es una coreografía “milimetrada” que en caso de Rosso es llevada de manera extraordinaria a cada músculo de su cara (además del cuerpo). La improvisación también forma parte del espectáculo con una radio, en riguroso directo, donde se alternan la música con noticias deportivas y políticas (con Cataluña como protagonista). Desde luego “Un poyo rojo” se sostiene en la ejecución excelsa de los actores que están muy por encima de la dramaturgia que parece en ciertos momentos un poco reiterativa y con falta de ritmo, algo hasta cierto punto normal por la propia concepción del espectáculo.

Para finalizar, Rosso hizo alarde de sus habilidades con la ya “viralizada” interpretación de “El pollito pío” en un “bis” final que hizo levantar a todos de nuestros butacas para abandonar el teatro con un gesto predominante: La sonrisa y por otro, la satisfacción de disfrutar de un gran trabajo de teatro gestual muy recomendable.

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