Una voz que despierta consciencias

 In Críticas

Volvemos al Teatro Guimerá antes de que tome la isla don Carnal, en un comienzo de año bastante anodino en propuestas escénicas. Lo más reseñable era “La voz dormida” basada en la célebre obra de Dulce Chacón, que lleva girando por España hace más de un año.

La obra cuenta la historia de Pepita Patiño, natural de Córdoba pero obligada a trasladarse a Madrid debido al encarcelamiento de su hermana (Hortensia). Una vida sacrificada pero con la esperanza de que su hermana salga de la cárcel y con un amor paralelo (Paulino) que lucha en medio de esa España negra que no queremos que se vuelva a repetir. En definitiva un canto a la vida, la paz y la libertad.

La adaptación teatral que ha realizado Cayetana Cabezas es digna de elogio, ya que ha sintetizado la voz de todas las mujeres que sufrieron la postguerra española en Pepita. Convertir en monólogo teatral (o más bien diálogo sin interlocutor), una obra llena de historias reales, no creo que halla sido una labor fácil, logrando mantener la esencia del mensaje y sobre todo la atención del público, que quizás en un principio se puede sentir apabullado pero enseguida se involucra en la historia, donde ayuda claramente la magnífica interpretación de Laura Toledo.

Por otro lado, la sencillez de la escenografía de Laura Ferrón tiene una carga poética absoluta. Una máquina de coser preside el espacio escénico donde Pepita teje esa tela de araña, llena de acontecimientos, donde se ve atrapada pero de la cual se va a ir liberando hasta el “grito” simbólico con el que finaliza la obra. Todo ello bajo la dirección de Julián Fuentes Reta, que consigue que el montaje navegue en aguas serenas, con un toque a veces entrañable y personal que nos acerca al dolor, al desasosiego y por otro, al amor y la esperanza de Pepita.

Y como guinda, la interpretación de Laura Toledo que desde luego nos hace ver que su trabajo es un proyecto personal, un sueño que ha hecho realidad de manera portentosa. Desde el domino de un texto complicado, lleno de matices, de cambios dramáticos a una gestualidad que nos emociona jugando con el espacio escénico como si fuera una extensión de sus acciones, de su cuerpo. Laura es ejemplo de una entrega personal que da sus frutos y sin aditivos, pura fuerza interpretativa.

En definitiva, una adaptación complicada pero que consigue su objetivo, que nunca tengamos la voz dormida para ser conscientes que hay cosas que no pueden volver a ocurrir.

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